El despertador del teléfono celular suena a las 5:20 am, normalmente suelo darme otros 15 minutos de tolerancia para conciliar un poco más de sueño, sin embargo en esta mañana me anticipé a la cruel alarma y daba muestras de conciencia desde las 5:00 am. Realmente no hacía nada más que estar acostado en mi cama pensando a la vez en nada y en mucho, cosas que todavía no pueden suceder y que voy anticipándome a que sucedan, algo curioso pero cierto.
La obscuridad de la madrugada envuelve cada rincón de mi cuarto, así como el silencio que posteriormente se verá transformado en el ruido cotidiano de cada día, la única luz que se puede percibir es la de mi celular que marca la hora en que tengo que iniciar mis labores de rutina. Como he descrito mi mente se encuentra pensando en situaciones inciertas, pero debo de obedecer esta alarma, ya que desaprovechar un minuto puede costarme unos 40 minutos en un traslado.
Encender el calentador de agua, quitarme la pijama, rasurarme, meterme a la regadera, ponerme el desodorante y mi loción, vestirme y peinarme, actividades que hacen que mi apariencia adormilada desaparezca dando bienvenida a lo que es ahora mi disfraz de un día de trabajo, incluso mi rostro que no cuenta con maquillaje, se va adaptando a dibujar sonrisas.
Mis pasos presurosos en las calles van rompiendo el silencio, mientras la temperatura fresca del ambiente hace que recuerde lo importante que es estar abrigado, mis pensamientos, antes si bien eran un entretenimiento, ahora no daban paso a otro objetivo más que el simple hecho de llegar a la estación del tren lo más pronto posible, como si hubiera dado paso a la metamorfosis de un ser humano a una máquina perfectamente programada.
La estación del tren se encuentra tan iluminada, como si fuera un anuncio intermitente de alguna marca comercial, su luz blanca atrae a estudiantes, amas de casa con sus niños pequeños, trabajadores tanto de fabricas, empresas repartidoras, oficinistas; todos llegamos como moscas atraídas por una trampa de luz violeta, mientras que en el anden cada quién adopta su posición tal cual si estuviéramos en una puesta de teatro, donde cada uno de los actores tiene una ubicación definida.
Las luces del tren aparecen a lo lejos, mientras todos los que estamos en la estación nos conocemos de vista, aunque nunca hemos intercambiado palabra alguna, a todos los recuerdo perfectamente, la señora con sus dos hijas, el señor con su portafolio, una familia completa, el chico ejecutivo con su traje, todos ellos son parte de esta rutina diaria, que da otro paso al momento de llegar el tren y abordarlo, todos buscamos un lugar donde sentarnos y dormitar por lo menos otros 30 minutos en lo que llegamos a la terminal.
Al llegar a la estación terminal, todos caminamos hacia la estación del metro, esta actividad me recuerda o me hace sentir como un borrego que está siendo pastoreado hacia un gran pastizal, donde nuestra meta de igual forma es solo llegar al siguiente punto, no hay palabras, solo se escuchan nuestros pasos presurosos con dirección al anden, todos parecemos una gran masa conducida por un gran ilusionista.
Durante el trayecto en el metro, voy empezando a ver el amanecer de la ciudad, donde todos sus habitantes tienen tantas cosas menos tiempo, y es donde las figuras de esta gran maqueta toman vida, los puentes grises, los edificios viejos y nuevos, los hoteles, los bares, las escuelas y estar en el movimiento del vagón me da la sensación de volar a través de esta singular obra, las perspectivas del cielo en relación con las avenidas y techos, todo es una linda película que no está siendo grabada.
1 comentarios:
son el engranaje que le da impulso a esta ilusion, nosotros somos los responsables de esta gran ilusion, cada paso , cargado de responsabilidad, lo que hacemos pa vivir
asi es, esta bueno tu texto rocke
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